Buenaventura bonita 1
 

El alma nos dio un vuelco esta semana. El dolor provocado por el atroz crimen de Alexander y Nicolás Valencia en las playas de La Bocana no es una cifra más; es una herida abierta en el corazón de un territorio que lleva años remando contracorriente para demostrarle al país que es mucho más que sus titulares judiciales.

 

Ante la barbarie, el rechazo debe ser absoluto y la exigencia de justicia, implacable. Los violentos tienen que pagar.

 

Sin embargo, tras la tragedia llegó ese otro golpe, silencioso pero devastador: la campaña del miedo. Esa ola de mensajes en redes sociales y pantallas centralistas que, con ligereza, sentencia: “No vayan a Buenaventura”.

 

¿A quién castiga realmente ese boicot sordo? No a los criminales. Los violentos no viven del turismo ni les importa el desarrollo local. Ese castigo cae, con todo su peso, sobre los hombros de la gente buena.

 

Los rostros que el miedo quiere invisibilizar

 

Detrás de cada reserva hotelera cancelada, detrás de cada lancha que sale vacía del muelle turístico, hay historias humanas que la indignación de sofá en las capitales no alcanza a ver:

 

Doña María, en su restaurante de La Bocana, que madruga a preparar el mejor encocao de pescado con la esperanza de pagar los estudios de sus hijos.

 

Don Carlos, el lanchero que conoce las mareas como la palma de su mano y cuya única herramienta de trabajo es su motor y su sonrisa para recibir al visitante.

 

Los jóvenes guías nativos, que cambiaron el destino que la violencia les ofrecía por un chaleco de turismo, para mostrar con orgullo las ballenas, los manglares y la magia del pianguado.

 

Cuando decidimos borrar a Buenaventura del mapa de nuestros viajes, no estamos debilitando a las bandas delincuenciales; estamos quebrando la economía de subsistencia de miles de familias afrodescendientes que han encontrado en el turismo sostenible su única vía de escape, su paz y su dignidad.

Buenaventura Bonita 17
 

 

La doble moral del mapa turístico: Las fuentes de la asimetría

 

Es curioso —y profundamente doloroso— notar cómo la opinión pública y los grandes medios reaccionan de formas tan distintas según el código postal de la tragedia. La historia reciente del país nos deja dos espejos claros de cómo se protege a otros destinos mientras al Pacífico se le condena en bloque:

 

El caso de Barú (Cartagena): El 10 de mayo de 2022, el fiscal paraguayo contra el crimen organizado, Marcelo Pecci, fue asesinado por sicarios en una playa privada de Barú durante su luna de miel. Un magnicidio internacional en pleno corazón hotelero. ¿La respuesta? Se persiguió a los culpables, pero la narrativa protegió la "marca ciudad". Nadie abrió un debate nacional para exigir que se dejara de viajar a Cartagena.

 

El caso de Rocky Cay (San Andrés): Pocos meses después, el 29 de julio de 2022, el turista caleño Maicol Ruiz Riascos fue asesinado a tiros por un sicario a plena luz del día y frente a su familia en uno de los balnearios más icónicos de la isla. El hecho se manejó de forma escueta en las páginas judiciales; la promoción turística nacional continuó en parrilla y no hubo campañas punitivas ni llamados masivos a cancelar las vacaciones en el archipiélago.

 

En el Caribe se cuida el empleo, se blinda la inversión y se entiende que el crimen es un hecho aislado que no define al territorio. Con el Pacífico no hay tregua. Aquí, el error de unos pocos se convierte en la condena de todos. Se nos estigmatiza de inmediato, ignorando que los consejos comunitarios y los operadores locales son las primeras víctimas de la ausencia institucional y de la codicia de los grupos al margen de la ley.

 

El verdadero acto de solidaridad: No dejarlos solos

 

La Bocana, Juanchaco, Ladrilleros, La Barra, Piangüita, Bahía Málaga, La Plata, Chucheros, Juan de Dios, Magüipi, etc., no son zonas de guerra; son refugios de biodiversidad, cultura ancestral y resistencia pacífica. Su gente no quiere lástima; exige garantías reales de seguridad para poder trabajar y recibir al mundo como siempre lo ha hecho: con los brazos abiertos y el sonido de la marimba de fondo.

 

Darle la espalda a Buenaventura en este momento es dejarle el camino libre a los violentos. Es cederles el territorio.

 

El verdadero acto de solidaridad con el Pacífico no es cancelar el viaje; es venir, consumir lo local, mirar a los ojos a su gente y demostrar que el arte, la gastronomía y la calidez de este pueblo son infinitamente más fuertes que el miedo que unos pocos quieren imponer.

 

No condenemos al paraíso por los actos de los demonios. El Pacífico nos necesita hoy más que nunca.

 

Buenaventura Bonita 7Buenaventura Bonita 6Buenaventura Bonita 5Buenaventura Bonita 4Buenaventura Bonita 3Buenaventura Bonita 2Buenaventura Bonita 1Buenaventura Bonita 16Buenaventura Bonita 15Buenaventura Bonita 14Buenaventura Bonita 13Buenaventura Bonita 12Buenaventura Bonita 11Buenaventura Bonita 10Buenaventura Bonita 9Buenaventura Bonita 8Buenaventura Bonita 7Buenaventura Bonita 6Buenaventura Bonita 5Buenaventura Bonita 4Buenaventura Bonita 3Buenaventura Bonita 2Buenaventura Bonita 1Buenaventura Bonita 11Buenaventura Bonita 12Buenaventura Bonita 13Buenaventura Bonita 10Buenaventura Bonita 9Buenaventura Bonita 8Buenaventura Bonita 14Buenaventura Bonita 15Buenaventura Bonita 16Buenaventura Bonita 17Buenaventura Bonita 18Buenaventura Bonita 19Buenaventura Bonita 23